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20 de octubre, 2009
 
Al saber que este número estaría dedicado a la radio, no pude contener las ganas de escribir un texto porque ante todo, por encima de todo, soy --desde hace muchos años-- radioescucha.
Mi primer recuerdo de la radio se remonta al único año en que me desplacé del multifamiliar Juárez (donde nací y viví mis primero años) al kínder, en el auto de mi padre; a mis escasos 5 o 6 años, junto con mis hermanos, escuchábamos a Cri Cri.
Más adelante, aún en mi infancia, mi madre trabajó en lo que después sería Radio Educación; hacía programas para radiosecundaria, y cuando se requerían voces de niños para algún programa o efecto, mis hermanos, yo y, de ser necesario, hasta los vecinos de la cuadra, participábamos con las voces y risas que hacían falta. Los efectos de sonido los hacía el hoy famoso Héctor Bonilla. Todavía recuerdo la letra de una canción que grabamos para una campaña de alfabetización que decía: "Mexicano tú tienes derecho a aprender a leer y a escribir...".
No sé si de ahí surgió mi afición por la radio, o si se debe a que conservo la imagen de mi padre pegado a un receptor desde que se levantaba, a las 6 de la mañana, para escuchar noticias y estaciones de otros países en la infinidad de aparatos que coleccionaba con AM, FM y onda corta, y que, por cierto, no mitigaron su pasión por la televisión.
El caso es que a mí me encanta oír radio. En la adolescencia me la pasaba escuchándolo: primero Radio Felicidad o Radio Variedades, donde tocaban las canciones de Palito Ortega, Sandro de América, José José, Angélica María... Un poco más grande, gusté de la programación en inglés de Radio Capital, Radio Éxitos o Radio 590 (La Pantera). Cuando ponían a competir a los Beatles contra Creedence, de mi cuenta corría que tocaran a los primeros, aunque tuviera que marcar y marcar hasta conseguir comunicarme. Ni se diga cuando se trataba de pedir alguna de mis canciones favoritas a mis 11 o 12 años, como "Has perdido el sentimiento de amar", con Diane Warwick, por sólo mencionar la primera rola que se me viene a la mente, de las múltiples que me hacían suspirar mientras me acordaba de algún amor. En los 70, al noviar y en grupo, la estación que nos acompañaba las tardes de domingo era Radio Universal, todavía tan vigente: "Joung girl get out of my mind", con los Union Gap.
Desde que entré a la universidad me aficioné a Radio Educación; Emilio Ebergengy, Patricia Kelly y Humberto Vélez eran mis locutores favoritos. Yo daba clases de inglés a las 7 de la mañana y recuerdo que a eso de las 6:30 horas en invierno, el sol salía y yo escuchaba "La era está pariendo un Corazón", con Silvio Rodríguez. Me gustaban muchos programas de esa estación, sobre todo las radionovelas, además de su selección musical. Las que mejor recuerdo son La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán, y Netzahualcoyotl, collar de flores. Esta última la escuchaba a las 8 de la mañana en el año 82 u 83, cuando ya habíaterminado la carrera. Yo entraba a trabajar a las 9, así que llegaba todos los días barriéndome a la oficina, porque no abandonaba el auto hasta que terminaba el capítulo de ese día.
A la fecha, me levanto y enciendo el radio. A pesar de que siempre he sido muy musical, prefiero los programas hablados, siempre y cuando no sean "chistocitos". Esta nueva tendencia de noticieros "simpáticos" o de locutores que llaman a las casas para tomarle el pelo a la personas, de plano no me agradan. Tampoco me gustan las estaciones dedicadas a reconciliar parejas, o a ser puentes para encuentros o declaraciones amorosas o familiares. Me gustan los programas de salud, de análisis, culturales y, principalmente, los noticiarios. De cuando en cuando los de chismes, pero sólo el de Maxim Woodside porque los demás que me he encontrado me han parecido verdaderamente infumables.
En la mañana, temprano, además de mi café, lo primero que hago es prender el radio, tengo uno en cada espacio en el que me muevo antes de salir de casa. Como me gustan varios noticiarios de la mañana, tengo uno en la recámara, con el noticiero de Carlos Puig en la W; otro en la cocina con Mario Campos del IMER, y por último, en el carro, a Javiér Solórzano en Radio 13, para escucharlo durante el traslado a mi siguiente actividad. Cuanto tengo oportunidad de escuchar los noticieros de la tarde, alterno entre Denise Maerker, López-Dóriga y León Krauze; a veces alcanzo un pedacito de Gómez Leyva. En la noche no hay uno que me guste, sólo cuando termina el de José Cárdenas sintonizo a los Alebrijes ya de camino a casa.
Me gusta la radio porque, en el caso de un cuento o radionovela, puede uno echar a volar la imaginación con los personajes, como cuando se lee un libro, además puedo hacer cualquier otra cosa mientras lo escucho: preparo el desayuno, manejo, arreglo cosas. Mientras trabajo en la oficina, prefiero la compañía musical y selecciono Radio UNAM, Horizontes, Opus o Radio Educación, según su programación y mi estado de ánimo. Hace años también optaba por las ya desaparecidas 620 o Radio Mundo.
Recientemente releía La tía Julia y el escribidor, de Mario Vargas Llosa. Más allá de que es un clásico que siempre vale la pena saborear, me recordó mis tiempos de aficionada a las radionovelas y voy averiguar si todavía las transmiten para retomar esa agradable costumbre. Además de la reconocida calidad literaria del autor, este relato es un agradable recuento de la importancia que en esos años tenía la radio y reunía a las familias para escuchar lo que en el libro se denominan radioteatros, la intensidad de Pedro Camacho al escribir y dirigir los libretos y el impacto entre el público radioescucha, ahora desplazado por las numerosas telenovelas. En fin, al releer el libro me sentí identificada con aquella afición.
Esta narración, tomada del libro, enmarca la importancia de la radio y sus seriales y estilos de trabajo en esa época, que ahora se reproducen en la televisión con las telenovelas, cuyos "formatos" se compran en Argentina:
"Pero su plato fuerte (de Radio Central), repetido y caudaloso, lo que, según todas las encuestas, le aseguraba su enorme sintonía, eran los radioteatros.
Pasaban media docena al día, por lo menos, y a mí me divertía mucho espiar a los intérpretes cuando estaban radiándolos: actrices y actores declinantes, hambrientos, desastrados, cuyas voces juveniles, acariciadoras, cristalinas, diferían terriblemente de sus caras viejas, sus bocas amargas y sus ojos cansados (...), qué decepción se hubieran llevado esas amas de casa que se enternecían con la voz de Luciano Panda si hubieran visto su cuerpo contrahecho y su mirada estrábica, y qué decepción los jubilados a quienes el cadencioso rumor de Josefina Sánchez despertaba recuerdos, si hubieran conocido su papada, sus bigotes, sus orejas aleantes, sus várices. Pero la llegada de la televisión al Perú era aún remota y el discreto sustento de la fauna radioteatral parecía por el momento asegurado.
Siempre había tenido curiosidad por saber qué plumas manufacturaban esos seriales que entretenían las tardes de mi abuela, esas historias con las que solía darme de oídos donde mi tía Laura, mi tía Olga, mi tía Gaby o en las casas de mis numerosas primas, cuando iba a visitarlas (...). Sospechaba que los radioteatros se importaban, pero me sorprendí al saber que los Genaros no los compraban en México ni en Argentina sino en Cuba. Los producía la CMQ, una suerte de imperio radiotelevisivo gobernado por Goar Mestre (...). Había oído hablar tanto de la CMQ cubana a locutores, animadores y operadores de la Radio -para los que representaba algo mítico, lo que el Hollywood de la época para los cineastas- (...).
Genaro hijo compraba (o, más bien, la CMQ vendía) los radioteatros al peso y por telegrama. Me lo había contado él mismo, una tarde, después de pasmarse cuando le pregunté si él, sus hermanos o su padre daban el visto bueno a los libretos antes de propalarse. '¿Tú serías capaz de leer setenta kilos de papel?', me repuso (...). 'Calcula cuánto tomaría. ¿Un mes, dos? ¿Quién puede dedicar un par de meses a leerse un radioteatro? (...). Los radioteatros se vendían al peso porque era una fórmula menos tramposa que la del número de páginas o de palabras, en el sentido de que era la única posible de verificar (...). Lo excitaba la idea de una novela de sesenta y ocho kilos y treinta gramos, cuyo precio, como el de las vacas, la mantequilla y los huevos, determinaba una balanza".
Fuente:
 
Via Yimber Gaviria, Colombia
 
 
 

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